Ep. 04 | fuera del marco
Quién Mató a Mi Madre: El Caso Fefer
Episodio 4: Fuera del Marco
Ariel: [00:00:00] Este episodio contiene material sensible, incluyendo violencia y trauma. Por favor, escúchelo con cuidado. Recursos de apoyo en español están disponibles en elcasofefer.com.
Ahí apareció una mancha pequeña, más pequeña que la uña de mi dedo meñique Mi cuarto. El cuarto donde yo dormía cuando mataron a mi mamá, un piso más abajo. Y ahora había una luz azul verdosa en una de las paredes, junto a mi cama. Yo sabía que no la había matado. Lo sabía como se sabe el propio nombre.
Pero cuando [00:01:00] vi ese resplandor sobre mi pared, el cuerpo se me adelantó a la razón. Algo se congeló. No la conciencia, el estómago
Tenía diecisiete años y en una casa llena de policías, hasta la inocencia necesita defensa
Todo había empezado minutos antes. Un rociador, un olor a químico que se te metía en la nariz. Paredes, piso, pasillos, cada superficie, otra pregunta. Si había sangre ahí, invisible al ojo, la luz la delataba Yo caminaba detrás de ellos paso a paso, como si seguirles los pasos me fuera a explicar cómo [00:02:00]alguien entró a mi casa y mató a mi mamá mientras yo dormía arriba Revisaron su cuarto y sabíamos lo que íbamos a encontrar ahí.
En el pasillo también. Más tarde, mi cuarto. Ahí fue. Ahí apareció
Probablemente no era nada. Un mosquito aplastado, un rasguño en la pared. Pero yo no sabía eso todavía. Solo sabía una cosa. Esa luz no distingue entre culpa e inocencia. Solo encuentra sangre. Ese fue el primer día en que entendí algo que me iba a perseguir por años. La muerte de mi mamá no se iba a quedar en el dolor, se iba a convertir en sospecha.
Y mientras la policía [00:03:00] todavía buscaba sangre en mis paredes, afuera la historia ya era otra cosa, más grande que la casa, más grande que nosotros. Ese domingo, mi hermana y yo aparecimos en televisión nacional sentados juntos. Pero había cosas que la cámara no podía mostrar Esto es ¿Quién mató a mi madre?
El caso Fefer. Episodio cuatro: Fuera del marco
Sentado en el set de Cuarto Poder, miraba a los conductores con admiración, especialmente a ella, a la mujer que mi mamá miraba cada domingo en televisión. [00:04:00] A la mujer que nos acompañó durante años durante el desayuno los días de semana. El escritorio nos separaba. De un lado ellos, con sus preguntas ya escritas.
Del otro lado, nosotros, con las manos sobre las piernas, sin saber dónde ponerlas. Mi hermana y yo estábamos sentados uno al lado del otro. La imagen se transmitía a nivel nacional. Dos hijos, una madre asesinada, una casa convertida en noticia. Las sillas eran cómodas, pero estaban separadas por un espacio exacto, medido, de estudio de televisión.
Moví la mía un poco hacia la de mi hermana. Se encendió la luz roja de la cámara y en ese segundo mi voz cambió. [00:05:00] Más lenta, más cuidada. Mientras contaban los segundos antes de empezar, me arreglé la camisa, no por vanidad, para que mi mamá, donde estuviera, se sintiera orgullosa. Para ese momento ya entendía que nuestra vida se había convertido en escándalo.
Y mi mamá odiaba los escándalos. Empezaron las preguntas. Mi hermana bajaba la mirada y cada silencio suyo era un micrófono que se acercaba más a mi boca. Recuerdo cómo la mujer que mi mamá admiraba pasó a otro tema con facilidad, con oficio, como se hace en televisión. La luz roja se apagó y con ella la cara que nos había estado [00:06:00] mirando con tanta atención Nuestra tragedia no era suya, era apenas un segmento.
Y después venía otra noticia, otra tragedia que contar. Al día siguiente, todos los periódicos tenían nuestra imagen o la de mi mamá en portada.
Después de los siete días de duelo, volví al colegio. Me aferré a la rutina como si la rutina pudiera salvarme. En el colegio, carpeta, trabajos. Fuera del colegio, la Dirincri, un policía frente a mí y la orden de recordar. Recuerdo estar en el salón de clase y sentir que el caso de mi mamá me [00:07:00] había convertido en alguien incluso más callado de lo que ya era.
Recuerdo llegar a casa cansado física y emocionalmente, tirar mi mochila al suelo y lanzarme sobre la cama y no moverme por un buen rato
Respiraba hondo. Hablaba con ella y era consciente que tenía que pararme de nuevo porque una medalla de oro no se consigue durmiendo. Y seguía con el día, extrañando a mi madre, pero sin llorar
Cuatro meses después de la muerte de mi mamá, llegó la graduación Los alumnos caminaban en pareja hacia el escenario donde recibiríamos nuestro diploma. Yo, [00:08:00] pocos días antes, no sabía si iba a tener con quién caminar. Pero esa noche caminé con mi mejor amiga y por un instante la vida se sintió normal . El patio del colegio estaba lleno.
Alumnos, profesores, padres de familia, gente de la comunidad judía de Lima. Esa noche recibí medallas en deportes, en ciencias, en humanidades. Y después, la medalla de oro. Primer puesto de mi promoción. Cuando me tocó hablar Le dediqué el discurso a mi mamá
Dije que a ella podían llamarla muchas cosas, pero que yo era una prueba del trabajo que había hecho como madre. Vi al [00:09:00] público en el cual sabía que ella no estaba, pero yo estaba feliz, porque a pesar de todo, cumplí con mi palabra.
Después empezaron los comentarios: que no me lo había ganado, que había hecho trampa, que el colegio me había dado la medalla porque mi mamá había sido asesinada. Hasta eso se volvió sospecha. Unos días después, el director del colegio escribió un artículo para la comunidad. Se llamaba Mis enemigos de plata.
Era una respuesta a quienes sugerían que detrás de esos premios había favoritismos, arreglos, decisiones tomadas antes de tiempo Pero en medio de ese texto habló de mí. Dijo que mi discurso había sido [00:10:00] sincero, duro, valiente, inusual También le hizo una pregunta que veinte años después todavía me acompaña Si ese discurso lo hubiera dado una persona más popular, más fácil de querer, ¿la gente habría reaccionado igual?
Mi mamá había sido asesinada. Yo había cumplido la promesa que le hice y aun así había gente buscando otra explicación
Después de la graduación salí a correr. Tomé la misma ruta que había corrido muchas veces, desde la casa hasta el malecón. Pero no llegué lejos. Apenas pude ver el mar, [00:11:00] me detuve, me tiré sobre el pasto y finalmente empecé a llorar
En las entrevistas, mi hermana y yo aparecíamos juntos. Todavía hablábamos como una familia, todavía nos sentábamos lado a lado. Todavía parecía que el dolor nos mantenía unidos. Y es que antes de la muerte de mi madre, mi hermana y yo nos llevábamos bien
Pero dentro de la casa las cosas ya estaban cambiando. Ninguno de los dos sabía estar solo. Mi hermana había conocido a Liliana Castro Manarelli unos meses antes de la muerte de mi madre. [00:12:00] Yo había conocido a Julio Moscol apenas unas semanas atrás. Julio se quedó unos días conmigo en la casa. Fui impulsivo.
Mi mamá acababa de ser asesinada
Liliana, en cambio, no estuvo unos días. Liliana se volvió parte de la casa, parte de la vida de mi hermana, parte de la empresa que mi mamá había manejado. Daba órdenes, manejaba el Mercedes-Benz de mi madre y decidía. Yo no entendía todavía lo que eso iba a significar. Solo entendía que mi mamá ya no estaba, que la casa se sentía distinta y que la familia que el público veía en televisión empezaba a desaparecer cuando las cámaras se apagaban.[00:13:00]
A comienzos del 2007, mi hermana me dijo que tenía que irme de la casa. Yo seguía teniendo diecisiete años. Mi mamá llevaba menos de siete meses muerta.
No hubo una reunión familiar, no hubo un plan, nadie me explicó dónde iba a vivir. Nadie me explicó cómo iba a sostenerme. Liliana se quedó, yo me fui
Mi hermana le pidió a Simeón que me mirara mientras empacaba. Parecía como si no quisiera que me robara algo que unos minutos antes me había pertenecido también. Simeón, el mismo hombre que trabajaba en nuestra casa desde hacía años. El mismo que me despertó la mañana en que encontraron a [00:14:00] mi mamá
Ahora estaba parado ahí para asegurarse de que yo no me llevara nada que no debía Quise llevarme los álbumes de fotos, las fotos de mi mamá, las fotos de mi infancia, esas cosas pequeñas que uno cree que siempre van a estar ahí, porque pertenecen a la historia de una familia
No pude llevármelas. Salí con ropa, con algunas cosas de mi mamá y con casi ningún recuerdo físico de la vida que habíamos tenido juntos
No sabía a dónde iba, así que llamé a Augusto
Augusto: Me acuerdo que me llamastes al celular y me dijistes: "Ayúdame, estoy en la puerta [00:15:00]de la casa, mi hermana me botó". Y yo llegué, estabas realmente en la puerta de tu casa con tus maletas y yo entré a hablar con tu hermana. Traté de hacerla entrar en razón.
Ariel: ¿Recuerdas cuál fue su respuesta?
Augusto: Sobre todo porque tú eras menor de edad. Ella no, no quiso entrar en razón y me dijo: "Bueno, si tanto te preocupas por él, llévatelo".
Ariel: Salí de la casa, ¿dónde terminé?
Augusto: Entrastes en, en pánico, comenzastes a llorar. No te vi bien físicamente. Regresé a la casa, busqué a Simón, que era el mayordomo, y te llevé a la clínica Angloamericana
Ariel: Augusto intentó resolver primero lo más evidente.
Llamó a mi papá
Augusto: Yo lo llamé a decirle que yo te iba a embarcar a ti [00:16:00] en un avión y que te iba a mandar a Trujillo, donde él vive, para que él tomara la responsabilidad de padre. Y él me dijo que no, que no se iba a hacer responsable de ti y que bueno, que no sabía quién era yo, pero si tanto me preocupaba por ti, que me hiciera cargo yo
Ariel: Entonces Augusto habló con sus padres
Augusto: Yo conversé con mis padres y le expliqué que tenía un amigo que estaba en problemas. Habían visto el caso en televisión, sabían a quién me refería y mis papás aceptaron recibirte en su casa y acogerte hasta que cumpliste la mayoría de edad
Ariel: Su mamá se llama Consuelo.
Nosotros le decíamos Conchito. [00:17:00] ¿Qué recuerdas de la reacción de tu mamá, Conchito, cuando supo lo que estaba pasando conmigo?
Augusto: Mi madre era muy buena. Y bueno, te acogió en su casa. Tú vivías con ellos en el cuarto piso, yo vivía en el sexto piso
Ariel: Conchito no tenía ninguna obligación conmigo. Yo no era su hijo ni su sobrino.
Pero me dio un cuarto, me hizo un lugar en su mesa y durante un tiempo su departamento se convirtió en mi casa.
Augusto: En el velorio hay mucha familia, mucha gente. Todos te dan el pésame, todos te dicen que cuentas con ellos, pero realmente en el momento que necesitas, nadie de ellos te estira la mano. Y eso es lo que vi en ti.
No había nadie a tu alrededor tratando de ayudarte[00:18:00]
Ariel: La relación con Augusto duró lo que tuvo que durar y pasó del romance a la amistad. Y cuando terminó, volví a necesitar un lugar donde vivir. El único lugar disponible era el hostal en Ate Vitarte que mi mamá había heredado
El hostal de Ate Vitarte no apareció en mi vida después de la muerte de mi mamá. Años antes ya habíamos vivido ahí, después de una de las veces en que nos desalojaron por no poder pagar el alquiler del lugar donde vivíamos Mi abuela había imaginado ese edificio como una pequeña clínica, pero ese plan no funcionó y terminó convertido [00:19:00] en hostal Cuando mi abuela murió, mi mamá lo heredó.
El hostal nunca le interesó de verdad. Lo dejó deteriorarse hasta que las almohadas dejaron de ser almohadas. Eran fundas rellenas de toallas viejas
Después de que mi mamá murió, ese hostal quedó como mi parte. A mi parecer, mi hermana no lo quería porque significaba trabajo. En papel podía sonar como una buena herencia, algo que debía producir suficiente para sostenerme Pero una cosa es lo que un bien parece valer en papel y otra cosa es vivir dentro de lo que realmente produce
Eran tres pisos, treinta y dos habitaciones, [00:20:00] baños reparados con mayólicas que no coincidían con las originales. Pisos de parqué con piezas levantadas, como un rompecabezas que se había mojado y ya no encajaba igual. El lugar pedía a gritos una pintura fresca, sábanas nuevas, colchones nuevos, cortinas nuevas y una administración en la que yo pudiera confiar Aprendí lo que significaba no tener que comer A veces iba a la casa de mi mamá a pedir ayuda.
Yo entraba como visita. Esperaba en la cocina hasta que mi hermana estuviera lista para atenderme. Ella me recibía desde su cama. Liliana solía estar con ella, ambas debajo de las mismas sábanas al mediodía. Y muchas veces mi hermana le pedía a [00:21:00] Liliana que llevara la conversación. Me decían que el hostal debía rendir lo suficiente para mis estudios, para mi comida, para mi vida.
Pero el hostal apenas funcionaba, porque si no me amanecía cobrando por los cuartos, la caja permanecía vacía. Así que por las noches me ponía a mirar. Trataba de comparar lo que veía con el dinero que me reportaban. Tenía dieciocho años y mientras otros chicos de mi edad empezaban la universidad, salían con amigos o volvían a sus casas después de clase, yo pasaba noches en un hostal deteriorado contando desconocidos.
Durante un tiempo viví en una de las habitaciones del hostal, la misma habitación donde mi mamá y yo habíamos dormido años antes. No había [00:22:00] cocina, ni refrigerador, ni microondas. Compraba solo lo que podía comer durante el día. Una noche del 2008 miré por la ventana. Uno de los dueños de un local en la misma cuadra estaba fuera de su negocio y mientras yo miraba, le dispararon en la cabeza
Esa noche entendí que no podía seguir ahí En agosto del 2008 me mudé a Miraflores. Alquilé mi propio lugar. Estudiaba Arquitectura en la Universidad Ricardo Palma, pero al mismo tiempo seguía yendo a la Dirincri. Iba seguido. Preguntaba en qué estaba el caso de mi mamá
Por lo general no me decían mucho. A [00:23:00] veces salía de ahí con la misma sensación con la que había entrado: sin nada. Pero una de esas veces les conté algo que sí pareció llamarles la atención. Les conté que mi hermana me había botado de la casa, que yo ya no vivía en la calle Paul Harris de San Isidro, que ahora vivía en el hostal de Ate.
Sentía que hablaba con un familiar. Conocían más sobre nosotros que cualquiera. Les conté cómo se había repartido lo que dejó mi mamá, cómo esa repartición, para mí, se había sentido como un abuso. Yo pensaba que les estaba contando una pelea familiar, una historia triste, una injusticia privada. Pero mientras hablaba, algo cambió en la forma en que me escuchaban.
No era compasión, no era [00:24:00] pena, era atención. Como si algunas partes de mi historia encajaran con preguntas que ellos ya tenían abiertas. Hasta entonces, yo creía que estaba hablando de una familia rota. Esa tarde empecé a entender que ellos podían estar escuchando otra cosa
No recuerdo el nombre del oficial que me llamó. No recuerdo el tono exacto de su voz, pero recuerdo la frase. Me dijo que ya tenían una investigación completa, que sabían quién había matado a mi mamá, que querían conversar conmigo en persona. Colgué el teléfono y me quedé parado en medio de mi departamento en Miraflores Dos años buscando esa frase.
Dos años imaginando cómo se iba a sentir [00:25:00] escucharla. Fui esa misma tarde
La Didinkri de noche es otra cosa Entré por la puerta principal. El guardia apenas levantó la vista. No habían las mismas colas de siempre. No habían las mismas voces cruzándose en la entrada. Solo silencio y mis propios pasos sobre el piso. Subí las escaleras hasta Homicidios. Un par de policías caminando de una oficina a otra.
Un escritorio vacío
La luz en el pasillo era tenue. No era luz fuerte y blanca del día después de la muerte de mi mamá
Una luz más baja, más amarilla. El tipo de luz que hace [00:26:00] que las sombras se queden más tiempo de lo normal.
Y esa quietud, ese pasillo casi vacío, hizo que todo se sintiera más pesado, más tenebroso, como si la noticia que venía a buscar necesitara silencio para poder caber en un cuerpo
Caminé hacia la oficina donde me esperaban y mientras caminaba noté algo que no esperaba sentir: nervios No tenía miedo de que dijeran mi nombre, no tenía miedo de que me pusieran en esposas, de que me señalaran a mí Lo que sentía era otro tipo de miedo. El miedo a la decepción. El miedo de subir esas escaleras, de cruzar ese pasillo con esa luz [00:27:00] tenue, de sentarme frente a esas dos personas y que al final, después de todo, la respuesta no alcanzara, que no fuera suficiente Que después de dos años esperando una frase, la frase llegara y se sintiera pequeña frente al tamaño de lo que había perdido
Entré a la oficina, me senté y escuché con toda la expectativa que un hijo puede cargar después de dos años sin respuestas
Ellos me dijeron que la investigación estaba completa, que sabían quién había matado a mi mamá
Esto es [00:28:00] ¿Quién mató a mi madre? El caso Fefer. Soy Ariel Fefer. Gracias por escuchar