Ep. 02 | La casa llena y vacía
Ariel: [00:00:00] Este episodio contiene material sensible, incluyendo violencia y trauma. Por favor, escúchalo con cuidado. Recursos de apoyo en español están disponibles en elcasofefer.com.
Podía estar en su cuarto, podía llamarme, podía decir mi nombre y de pronto ya no
Peggy Roif: Yo entré a la casa a las siete de la mañana
Ariel: Lo que significa que recién habíamos descubierto a mi mamá.
Peggy Roif: Así es
Ariel: Eva la llamó, pero no le dijo que mi mamá había sido asesinada
Peggy Roif: Estaba muy nerviosa y me dijo: "Peggy, mi mamá está desmayada en el piso". [00:01:00]Le dije: "Ya voy"
Ariel: Desmayada. No muerta, no asesinada, desmayada.
Le pregunté qué fue lo primero que vio
Peggy Roif: Lo primero que yo vi, por el costadito de la puerta que estaba abierta, es que ella estaba en el suelo y estaba sin zapatos y sin medias, y el color de sus pies ya me dio la, la impresión de que ella o, o estaba mal, muy mal, o ya no estaba
Ariel: A las siete de la mañana, yo todavía no entendía lo que estaba viendo. Pero para la policía, esa casa ya no era una casa, era una escena. Y nosotros, sus hijos, ya no éramos [00:02:00] solo los hijos, éramos testigos
Esto es ¿Quién mató a mi madre? El caso Fefer
Episodio dos: La casa llena y vacía
16 de agosto 2006. Lima se despertó como cualquier otro día. La gente se vistió, preparó café, fue al trabajo. Algunos pararon por los quioscos de la esquina, esos pequeños puestos que encuentras en cada calle de Lima. Caramelos, cigarrillos, revistas, periódicos. Y vieron el titular: «
Peggy Roif: Mujer adinerada [00:03:00] de la comunidad judía asesinada dentro de su propia residencia».
Ariel: Ese titular no solo anunciaba la muerte de mi madre, también la reducía. No era simplemente una mujer asesinada. Era una mujer adinerada, era de la comunidad judía. Y en el Perú esas palabras no caen en el vacío. Caen sobre prejuicios, sobre ideas antiguas, sobre la sospecha de que si hay judíos, si hay dinero, entonces debe haber algo más.
Yo tenía diecisiete años y ya podía sentir cómo esas palabras cambiaban la manera en que algunos nos miraban, como si nuestro dolor necesitara explicación, como si nuestra pérdida no fuera suficiente, [00:04:00] como si por ser judíos y tener dinero, la tragedia tuviera que venir con sospecha
Millones de personas, todos con una opinión. ¿Quién lo hizo? ¿Cómo nadie en la casa escuchó nada? ¿Qué va a pasar con los hijos? ¿Y el dinero? ¿Qué pasará con el dinero? Yo estaba parado en la misma ciudad, leyendo los mismos titulares, rodeado del mismo ruido. Con una diferencia: ellos buscaban chisme. Yo buscaba la verdad
Mi madre era de esas mujeres que se defendían solas. Los [00:05:00] sábados por la mañana, a veces me llevaba con ella a Chorrillos, donde era dueña de varios locales comerciales. Íbamos de local en local, saludaba a los inquilinos, les preguntaba cómo estaban y, si hacía falta, también les recordaba que tenían que pagar.
Esa era mi mamá: pequeñita, elegante, en tacones, pero con una autoridad que no necesitaba pedir permiso. Una vez me puso a aprender cómo se levantaba una pared con ladrillos y cemento. No como metáfora, literalmente. Ladrillos, cemento, sol, polvo. Otra vez, un hombre de construcción le faltó el respeto y mi mamá, pequeñita como era, subió por la escalerilla de un tractor en tacones y le dio una cachetada.[00:06:00]
El hombre se quedó paralizado. No podía creer lo que acababa de pasar, pero después de la estupidez que había soltado, la cachetada estaba bien merecida. Esa también era Myriam Fefer, una mujer que caminaba por sus locales, que cobraba, que saludaba, que construía, que se subía a un tractor si tenía que hacerlo.
Una mujer que no esperaba a que alguien viniera a defenderla. Y sin embargo, yo sé que había mucho de ella que nunca llegué a conocer. A los diecisiete años yo recién empezaba a hablar con ella de otra manera, ya no solo como un hijo que pide permiso o que reclama o que cree que su madre siempre va a estar ahí.
Empezábamos a bromear más, a compartir más, a entendernos un poco mejor [00:07:00] Si hoy pudiera elegir entre regresar en el tiempo o tener una conversación más con ella, elegiría la conversación sin dudarlo
Había cosas de mi mamá que yo, como hijo, probablemente nunca llegué a conocer. Por eso se lo pregunté a Patricia: ¿Qué tenía Myriam que era muy de ella y que probablemente yo, como hijo, nunca llegué a conocer?
Patricia Baranowski: Su ternura. Myriam era tierna. Myriam podía tener una imagen de: ay, la mujer del negocio, ¿no? La que está así, la que domina, la que controla.
Pero en el fondo Myriam era bien tierna, era cariñosa. Eh, cuando Myriam era tu amiga, era tu amiga de verdad, [00:08:00] hasta las últimas consecuencias.
Ariel: Quienes la conocieron antes de que fuera mi madre recuerdan a una mujer inteligente, muy inteligente. Una mujer con ideas propias, con carácter, con una determinación silenciosa que ya se notaba desde joven.
Pero creció bajo la autoridad de un padre muy estricto. Mi abuelo, Enrique, era un hombre de otra época. No quería que su hija estudiara, no quería que trabajara. No le permitió simplemente ser ella misma. Había una vida cómoda, sí, pero no siempre había libertad. Había inteligencia, pero no había permiso real para usarla.
Había corazón, pero muy poca experiencia de ser amada como se merecía. Y aun así nos crio a mi hermana y a mí completamente sola[00:09:00]
Mi madre podía vivir en los contrastes. Un día nos llevaba a comer algo sencillo de un carrito en la calle, otro día al restaurante más elegante de Lima. Y para ella no había contradicción en eso. Nos estaba enseñando algo: que uno podía tener mundo, pero no perder sencillez. Que uno podía tener elegancia, pero también sentarse en cualquier mesa.
Que la vida no estaba hecha de una sola forma. Eso era algo muy de ella. La fuerza y la ternura, la exigencia y el cuidado, la vida práctica y los sueños grandes. Todo junto. Para cuando tenía cincuenta y un años, sus padres ya habían fallecido. Recuerdo a mi madre durmiendo en el pasillo de la [00:10:00]clínica San Borja, determinada a no dejar solo a su padre, mientras él estaba en cuidados intensivos.
Mi abuelo murió el 7 de mayo del 2003 y después de su muerte empezaron a acercarse los medios hermanos de mi madre, algunos tíos y otras personas que yo nunca había visto. En mi memoria, ese acercamiento quedó unido a los años de conversaciones, abogados y negociaciones familiares que vinieron después.
Pero mientras todo eso ocurría, mi mamá también estaba haciendo planes para ella. Después de años de trabajar, de criar hijos, de resolver problemas, parecía que empezaba a darse permiso para disfrutar.
Patricia Baranowski: Myriam estaba comenzando a disfrutar el ya ser una mujer [00:11:00] hecha y derecha, de tener todo lo que quería, por lo que había dejado de hacer tantas cosas como viajar más, disfrutar más, ser más para ella, hacer cosas para ella.
Myriam falleció a días de venir. Eran días que todo hubiera sido tan diferente.
Ariel: Finalmente, a mediados del 2006, parecía que todos habían llegado a un acuerdo. Esa misma semana, la semana en que la asesinaron, mi madre estaba a punto de firmar los documentos finales. Una etapa nueva de su vida parecía estar a solo días de distancia.
Nunca llegó a esa reunión.
¿Cómo te enteraste de que mi mamá había muerto?
Patricia Baranowski: Porque tú [00:12:00] me llamaste. Tú me llamaste. Me acuerdo que hubo como un silencio cuando me dijiste: "Tía, soy Ari". Y yo en ese instante pensé que de repente Myriam había adelantado su viaje. Entonces: "Sí, Ari, ¿cómo estás? ¿Qué...?". Y ese silencio Ese silencio que de repente mmm se me hizo como un nudo de algo pasa.
Y cuando te dije: "¿Qué pasa?" Y me dijiste: "Mataron a mi mamá" Fue un momento horrible, horrible
Ariel: El entierro fue pocos días después de su muerte. Mi madre no llegó a cumplir cincuenta y dos años. Su cumpleaños era el 21 de agosto. El mío había sido el primero de ese [00:13:00] mes. Cada año, después de mi cumpleaños, yo guardaba parte del dinero que me regalaban para comprarle algo a ella.
Ese año había comprado dos cosas: un collar de plata con una estrella de David y una pulsera hecha de conchas de nácar. Regalos para un cumpleaños que nunca llegó. Con el collar en la mano, caminé hacia el ataúd de pino que descansaba dentro de la sinagoga. Su mejor amiga estaba ahí. La mujer que había ayudado a lavar su cuerpo.
La mujer que había quitado las manchas de sangre de su piel Ella me mostró una compasión que nunca voy a olvidar. Me dejó romper la tradición judía de no enterrar objetos con el cuerpo Coloqué el collar a su lado y le di un beso largo en la frente [00:14:00] y deseé que el tiempo se detuviera ahí mismo
La sinagoga estaba fría. Su piel estaba aún más fría. El olor ya no era el suyo. Y sentí que mi corazón se quebraba un poco más con cada segundo que pasaba. Cuando cerraron el ataúd Se quebró por completo Desde la sinagoga al cementerio, viajé en el asiento del copiloto de la carroza. Dieciséis kilómetros de silencio.
Treinta minutos para convertirme en adulto. No recuerdo haber sentido el cuerpo, solo las manos frías, la garganta cerrada, la mirada fija en una ciudad que seguía moviéndose [00:15:00] como si mi mundo no acabara de destruirse
Durante ese trayecto me preguntaba cuánto dolor puede aguantar una persona Yo me estaba muriendo por dentro, pero el dolor seguía aumentando cada minuto. ¿Cuánto más? Me pregunté. Y cuando llegamos al cementerio, pensé que ya había llorado todo lo que podía llorar. Me equivoqué. Vi el lugar donde iban a enterrar a mi madre y no pude seguir caminando.
No era miedo, era algo más profundo. Era el cuerpo entendiendo lo que la mente todavía no podía aceptar. Fue como aceptar, por segunda vez, que mi mamá [00:16:00] había muerto. Me quedé inmóvil, llorando muy fuerte. El cementerio no se sentía como un lugar sagrado. Se sentía vacío, abierto, frío, como si todo el aire del mundo hubiera desaparecido de golpe
Mi hermana estaba ahí. Se llama Eva. Eva Lorena Bracamonte Fefer. Un año y ocho meses mayor que yo. Crecimos en la misma casa. Perdimos a la misma madre. Pero ese día y en los años que siguieron, vivimos esa pérdida de maneras muy distintas. Los dos estábamos frente a la tumba, viendo el ataúd bajar despacio, viendo a miembros de la comunidad echar tierra sobre el cajón.[00:17:00]
Yo quería que se fueran. Quería que se fueran todos. Quería tener solo un poco más de tiempo para creer que todo era una pesadilla, que si me quedaba lo suficiente, ella iba a volver. Pero cada vez que la tierra golpeaba el ataúd, el frío se hacía más grande. No fuera, dentro de mí
Después del entierro volvimos a la casa. La misma casa, pero ya no era la misma. Los espejos estaban cubiertos. La sala estaba llena de sillas, de platos, de vasos, de gente hablando bajito. Había mucha comida, demasiada comida. Sobre todo cosas dulces: [00:18:00] tortas, galletas, postres. Tal vez porque los que habíamos perdido a nuestra madre todavía éramos casi niños La gente se acercaba, me abrazaba, me decía algo al oído y después se quedaba sin saber qué más decir
También aparecieron mis compañeros del colegio. No todos al mismo tiempo. Entraban por unos minutos, me saludaban, me abrazaban y se iban. Era como un paseo escolar pasando uno por uno por la casa donde mi madre ya no estaba
En la tradición judía, ese periodo de duelo se llama shivá. Siete días. La familia se queda en casa, [00:19:00] la comunidad viene, se sienta contigo, reza contigo, intenta acompañarte. Eso era lo que debía pasar. Y de alguna manera pasó. La gente vino, la sala se llenó, los rezos comenzaron, los espejos siguieron cubiertos.
Pero yo recuerdo algo raro de esos días. La casa estaba llena y aun así se sentía vacía. Había conversaciones en voz baja, pasos en los pasillos, el sonido de platos moviéndose en la cocina, personas entrando y saliendo. Pero mi mamá no estaba. Y todo en esa casa parecía recordármelo. Su cuarto, su ropa, sus cosas.
Y ese olor, el olor de una madre, el que más extraño. Ese olor que no es solo un olor, [00:20:00] es cariño, es protección, es hogar. Durante esos días, mi identidad judía estaba en todas partes. Adentro de la casa, estaba en los rezos, en los espejos cubiertos, en la comida que llegaba, en las personas que se sentaban a acompañarnos aunque no supieran qué decir.
Pero afuera, esa misma identidad sonaba distinta. En los titulares, en los comentarios, en la forma en que algunos hablaban de nosotros. Adentro era tradición, afuera era etiqueta. Judía, adinerada. Las mismas palabras, pero con otro tono.
Yo no tenía todavía el lenguaje para explicar lo que eso me hacía sentir. Solo sabía que algo había [00:21:00] cambiado, que algunas miradas pesaban más, que algunas preguntas no sonaban como preguntas, que nuestro dolor parecía necesitar una justificación antes de recibir compasión. Y en medio de todo eso, también estaba nuestra familia, o lo que quedaba de ella.
Ya no teníamos abuelos. Y aunque había gente entrando y saliendo, muy pocas presencias se sentían reales. Recuerdo una tía, recuerdo una amiga de mi madre, recuerdo algunos gestos concretos que sí me sostuvieron. Pero también recuerdo muchas caras que parecían estar ahí porque era lo que correspondía hacer Mi madre siempre había sido clara con nosotros.
Si algún día pasaba algo, mi hermana y yo teníamos que cuidarnos entre nosotros. Durante años, [00:22:00] esa frase había sonado como una advertencia exagerada. En esos días, empezó a sonar como una instrucción. Y entonces apareció mi padre
Mi padre era un hombre del norte del Perú. Durante mi infancia aparecía una o dos veces al año. No era una presencia constante. No era alguien que yo sintiera cerca. No era alguien a quien yo supiera cómo necesitar. Recuerdo que una vez me dijo que cuando manejara nunca me distrajera mirando a las chicas.
Así de poco me conocía. También recuerdo haberlo escuchado decirle a mi madre: «Siento que he desperdiciado mi vida».
Tal vez esa fue una de las lecciones más claras que aprendí de él: hacer todo lo [00:23:00] posible para nunca sentirme así. Y aun con todo eso, mi madre siempre nos enseñó a respetarlo. Seguía siendo nuestro padre. Pero esas no eran circunstancias normales. La casa estaba llena de gente Mi hermana y yo estábamos tratando de entender cómo se seguía viviendo después de algo así.
Y de pronto, él estaba ahí. A los diecisiete años, una parte de mí quería creerle. Una parte de mí necesitaba un padre. Pero su presencia no trajo el consuelo que yo esperaba. No se sentía como protección. Tal vez porque había demasiada historia detrás. Tal vez porque yo estaba demasiado roto para entender algo con claridad.
O tal vez porque, incluso en medio del duelo, hay cosas que [00:24:00] el cuerpo percibe antes de que uno pueda ponerlas en palabras Al final, mi hermana y yo le pedimos que se fuera. Fue una de las cosas más difíciles que he tenido que hacer, porque significaba ir en contra de algo que mi madre me había enseñado toda la vida: respetar a mi padre, incluso cuando yo no sabía cómo sentirme hijo suyo.
La shiva terminó, la gente se fue, los espejos se descubrieron y la casa volvió a quedar en silencio. Pero ya no era el silencio de una casa tranquila, era otro silencio, uno más grande, uno que se quedaba en las paredes. Ese día entendí algo que todavía no sabía nombrar. Uno puede quedarse solo en el duelo, pero hay una soledad [00:25:00] distinta cuando también empieza a sentirse solo en la búsqueda.
Y en esos días, sin decirlo en voz alta, me hice una promesa. No volvería a creer tan fácilmente.
Mientras el duelo seguía su curso, la investigación avanzaba. Y con el paso de los días, esa sensación de soledad empezó a volverse concreta. Yo era el que preguntaba, el que llamaba, el que quería saber qué se estaba haciendo. Volvía a ese edificio frío de concreto, subía las escaleras hasta Homicidios y trataba de entender algo que nadie podía explicarme del todo.
No porque yo fuera más fuerte, no porque supiera qué hacer, sino porque necesitaba saber algo. Necesitaba convertir el dolor en movimiento, en [00:26:00] preguntas, en insistencia. Desde mi perspectiva, no veía en mi familia esa misma urgencia. Y tal vez cada persona sobrevive una tragedia de la única forma que puede.
Pero a los dieciocho años yo no tenía la distancia para entender eso. Lo que entendía era mucho más simple. Si yo no empujaba, sentía que nadie iba a empujar. Si yo no buscaba la verdad, sentía que la verdad podía quedarse enterrada junto con mi madre Mientras nosotros intentábamos entender cómo seguir viviendo, la investigación empezaba a reconstruir las últimas horas de mi madre.
Y entre declaraciones, horarios, versiones y silencios,
Peggy Roif: apareció un detalle.
Ariel: Una llamada hecha desde el teléfono de mi madre a alguien que [00:27:00] estaba dentro de la casa durante el periodo en que, según los investigadores , ocurrió el asesinato Esto es ¿Quién mató a mi madre? El caso Fefer. Soy Ariel Fefer. Gracias por escuchar