“Tu mamá no está bien”

EPISODIO 01

Arie Fefer: [00:00:00] Este episodio contiene material sensible, incluyendo violencia y trauma. Por favor, escúchelo con cuidado. Recursos de apoyo en español están disponibles en elcasofefer.com.

"Tu mamá no está bien". Eso fue lo primero que escuché. No, tu mamá está enferma. No, tu mamá se cayó. No, tu mamá se desmayó

Solo eso: "Tu mamá no está bien".

Yo tenía diecisiete años.

Era una mañana fría de agosto en Lima. Me estaba preparando para ir al colegio y cuando escuché esas cinco palabras todavía no pensé en la muerte.[00:01:00]

Pensé en un desmayo, en una caída.

Hay cosas de esa mañana que recuerdo con una claridad que todavía me asusta.

Y hay otras que, veinte años después, no sé si ocurrieron exactamente como mi memoria las guarda. Pero sí recuerdo esa frase. Recuerdo la voz. Recuerdo el miedo que todavía no tenía nombre. Recuerdo que bajé las escaleras pensando que mi mamá necesitaba ayuda.

No pensé que estaba en el piso de su dormitorio.

No pensé que había sangre.

No pensé que alguien había entrado a nuestra casa durante la noche. Y mucho menos pensé que, casi veinte años después, seguiría tratando de entender quién decidió que ella tenía que morir.[00:02:00]

Mi nombre es Ariel Fefer.

En agosto del 2006 asesinaron a mi mamá dentro de nuestra casa en Lima. La estrangularon en su dormitorio.

Mi hermana estaba en la casa. Yo estaba en la casa. El cuidador de la casa estaba en la propiedad. Nuestros tres perros también. No había puertas forzadas. No faltaba nada.

Pero hubo una pelea. Una pelea que, según la investigación, dejó rastros del asesino en la escena del crimen.

Años después, las autoridades identificarían al hombre que entró a esa habitación. Pero la pregunta que ha marcado mi vida no es solo quién la mató, es quién quiso verla muerta?[00:03:00]

Esto es "¿Quién mató a mi madre? El caso Fefer". Episodio uno: Tu mamá no está bien

Antes de los titulares, antes de los expedientes, antes de las cámaras, antes de las teorías, las entrevistas, las acusaciones y los años de juicio, estaba mi mamá, Myriam Fefer.

A veces, cuando trato de recordarla, no empiezo por las cosas grandes. No empiezo por su muerte, ni por el caso, ni por todo lo que vino después.

Empiezo por algo pequeño: la veo bailando. A mi mamá le [00:04:00] encantaba bailar. Tenía una familia amiga cubana con la que salíamos algunos fines de semana y cuando había música ella cambiaba. No era solamente mi mamá, no era solamente la mujer estricta, exigente, la que estaba pendiente del colegio, de la disciplina, de que uno hiciera las cosas bien.

Era una mujer que se reía, que se movía con la música, que podía olvidarse por un rato de todo lo que cargaba. Y esa imagen, por alguna razón, me importa mucho. Porque durante años mucha gente habló de mi mamá como si hubiera sido solo una víctima, un nombre en un expediente, una mujer asesinada en su dormitorio, una heredera, una noticia.

Pero antes de todo eso, mi mamá bailaba.[00:05:00]

También tenía un lado más misterioso. En la casa había un cuarto pequeño que nosotros, medio en broma, llamábamos el cuarto de la brujería.

Había una banca de asiento redondo y ahí, de vez en cuando, mi mamá se ponía una bata, se cubría el cabello para que el olor no se le impregnara y pasaba casi una hora leyendo las cenizas de los puros. A veces la acompañaba una amiga.

Para algunas mujeres, eso habría sido leer el tarot. Para mi mamá eran las cenizas. Ella creía en esas señales, en lo que quedaba después del humo, en las formas, en los rastros, en eso que no se podía explicar del todo, pero que para ella decía [00:06:00] algo. Yo era chico y no entendía mucho. Solo sabía que ese cuarto existía, que mi mamá entraba ahí con una especie de solemnidad y que cuando salía algo de ese olor se quedaba en la casa.

El olor del puro, la bata, el cabello cubierto, la banca redonda, la ceniza. Esos detalles son los que todavía la traen de vuelta. No como un caso, como una persona.

Mi mamá también podía ser exigente con todo, con los demás, con ella misma. Creía en la disciplina, creía en la educación, creía que si ibas a hacer algo tenías que hacerlo bien, mejor que bien. A veces eso pesaba, a veces dolía, a veces yo sentía [00:07:00] que tenía que estar a la altura de una expectativa que nunca terminaba de alcanzar.

Pero también sabía algo. Si algo me salía bien, ella era la primera persona a la que quería contárselo. Y si algo me salía mal, también.

Mi mamá medía alrededor de un metro sesenta. Tenía el cabello negro, los ojos almendrados, los mismos ojos que veo cada mañana cuando me miro al espejo.

Nuestra familia era pequeña:

mi mamá, mi hermana y yo.

Mi papá era una presencia esporádica.

Durante mucho tiempo sentí que éramos nosotros tres contra el mundo.

Mi mamá era estricta, pero no era indiferente. Era dura, pero no era fría. Podía corregirme con una sola mirada. [00:08:00] Podía hacerme sentir que tenía que esforzarme más. Podía exigirme cuando yo ya pensaba que había hecho suficiente.

Pero también era la persona que más me importaba. A comienzos del 2006, cuando tenía dieciséis años, le dije a mi mamá que me gustaban los hombres. No se lo dije en persona. No podía. Yo sabía hablar, sabía discutir, sabía defenderme. Pero con ella, en ese tema, no podía. Me daba demasiado miedo. Tenía miedo de que me mirara diferente, de que algo cambiara entre nosotros, de que dejara de verme como su hijo y empezara a verme como un problema.

Así que se lo escribí: un correo electrónico, dos páginas. Un correo lleno de inseguridad, [00:09:00]lleno de miedo, lleno de ignorancia también, porque a esa edad uno todavía no tiene todas las palabras para explicar quién es. Pero también era un correo lleno de amor.

Yo no quería alejarme de ella. Quería decirle la verdad sin perderla.

No sabía cuándo lo iba a leer.

La computadora todavía era nueva para ella. Apenas estaba aprendiendo a usarla. Escribía todo en mayúsculas. No porque quisiera gritar, sino porque no sabía que el teclado hacía eso. Y tampoco sabía cómo arreglarlo.

Esa noche, después de mandarle el correo, casi no dormí.

Recuerdo la mañana siguiente, el pasillo hacia su cuarto, las fotos familiares en la pared. Mi hermana y yo de niños sonriendo en imágenes que [00:10:00] en ese momento parecían pertenecer a otra vida.

Yo caminaba hacia su dormitorio con miedo. No un miedo pequeño, un miedo físico, de esos que se sienten en el estómago, de esos que te hacen respirar distinto, de esos que te hacen pensar que una sola conversación puede cambiar tu vida.

Cuando entré no recuerdo todos los detalles.

No recuerdo si ella ya estaba sentada en la cama. No recuerdo si me miró de inmediato. No recuerdo si yo dije algo primero, pero sí recuerdo lo que me dijo.

Me dijo: "Es de hombres, ser honesto con su madre".

No era una frase perfecta, no era una respuesta moderna.

Era ella. Era su manera de decirme que me había escuchado, que yo seguía siendo [00:11:00] su hijo, que la verdad, aunque doliera, no nos iba a separar

Semanas después me detuvo en el pasillo y me dijo algo más: "No lo he aceptado todavía, pero estoy aprendiendo a aceptarlo".

Esa frase me importa hasta hoy, porque no intentaba fingir. No me decía algo que no sentía solo para quedar bien. Me estaba diciendo la verdad y, al mismo tiempo, me estaba diciendo que iba a hacer el esfuerzo.

Eso era mi mamá. La mujer que bailaba. La mujer que leía cenizas de puros. La mujer que podía ser dura. La mujer que podía estar aprendiendo a aceptarme aunque todavía no supiera cómo hacerlo. Imperfecta, honesta, [00:12:00] presente.

Y para un chico de dieciséis años que tenía miedo de perderla, eso lo era todo. Por eso, cuando meses después alguien tocó la puerta de mi cuarto y dijo que ella no estaba bien, fui a buscarla.

Vivíamos en San Isidro, uno de los distritos más exclusivos de Lima.

Desde afuera, nuestra casa podía parecer el tipo de lugar donde nada malo podía pasar. Una calle tranquila, una fachada grande, un jardín, rejas, puertas de vidrio, habitaciones que casi no usábamos.

Cuando era niño, esa casa a veces me parecía enorme, a veces bonita, a veces demasiado silenciosa.

El tipo de silencio que [00:13:00] cuando uno es niño puede confundirse con seguridad.

La casa había sido de mi abuelo, Enrique Fefer, un hombre que había escapado de Europa poco antes de la Segunda Guerra Mundial.

Un hombre que conocía la pérdida. Sobrevivir puede salvarte la vida, pero no siempre te deja intacto.

Mi abuelo creía en el control: controlaba el dinero, controlaba decisiones, controlaba, de muchas formas, la estabilidad de quienes dependían de él.

Mi mamá quiso construir una vida propia más de una vez y más de una vez, cuando lo intentó, perdió apoyo económico.

Eso significaba mudarnos, empezar de nuevo, volver a acomodarnos en una vida que nunca terminaba de [00:14:00] asentarse.

Había momentos de abundancia y había momentos en los que todo se reducía.

Menos muebles, menos comodidad, menos estabilidad. Yo era chico, pero los niños entienden más de lo que los adultos creen. Uno aprende a leer las tensiones de la casa, los silencios, las conversaciones interrumpidas, la forma en que una madre intenta que sus hijos no sientan todo lo que ella está cargando.

Por eso, cuando mi abuelo murió y finalmente nos mudamos a esa casa, algo cambió. Por primera vez, no se sentía temporal. Por primera vez, había una dirección que parecía nuestra. Mi cuarto, el cuarto de mi hermana, el dormitorio de mi mamá al otro extremo de la casa.

La casa [00:15:00] tenía dos pisos, varias habitaciones, dos salas, más de un comedor, una oficina, puertas que daban al jardín.

Del lado del jardín, grandes ventanas dejaban entrar la luz en la mañana. Pero detrás de muchas de esas ventanas había rejas metálicas plegables, rejas que se cerraban con llave. También había puertas entre la cocina, el garaje y la calle. Puertas que se cerraban de noche, puertas que se abrían temprano.

Todas esas cerraduras daban una sensación de orden, una rutina, una forma de decir: "Aquí estamos protegidos".

Pero una casa no se vuelve segura solo porque tenga rejas. Y esa es una de las cosas que me costó entender.

En nuestra casa [00:16:00] la rutina era clara. Por las mañanas, Simeón Huarcaaya recogía el periódico, abría las rejas, pasaba por ciertas puertas, caminaba hacia el dormitorio de mi mamá y empezaba el día. Simeón llevaba décadas trabajando con nuestra familia. Conocía la casa, conocía los horarios, sabía cuándo se abrían las puertas, sabía cuándo se cerraban, sabía quién dormía dónde. En una casa grande eso importa, porque una casa grande también tiene puntos ciegos, lugares donde uno no escucha, puertas que parecen lejos, pasillos que separan una vida de otra.

Mi dormitorio estaba en el segundo piso, el de mi mamá en el primero, al otro extremo. Y esa [00:17:00]distancia que durante años no significó nada, la mañana del 15 de agosto del 2006 se volvió interminable.

Era invierno en Lima. La garúa cubría la ciudad.

Esa llovizna fina que no termina de caer, pero lo moja todo.

El cielo gris, la luz apagada, el aire húmedo, la sensación de que la ciudad entera despertó cansada.

Si eres de Lima, sabes exactamente de qué hablo.

Lima puede ser hermosa frente al mar, pero en invierno también puede sentirse cerrada, como si el cielo estuviera demasiado bajo.

La mañana del 15 de agosto [00:18:00] del 2006 pareció una mañana cualquiera.

Yo estaba en el segundo piso preparándome para ir al colegio. Mi mochila estaba lista, mi uniforme también. En la televisión pasaban dibujos animados.

A los diecisiete años, esas eran las cosas que todavía ocupaban mi cabeza: el colegio, las tareas, llegar a tiempo, qué iba a hacer después de clases.

No recuerdo haber sentido nada extraño antes de que tocaran mi puerta.

Solo recuerdo el golpe y después la voz de Simeón: «Tu mamá no está bien».

Su voz sonaba distinta, insegura.

No era una frase normal. No era una frase que alguien dijera por cualquier cosa.[00:19:00]

Pensé que mi mamá se había desmayado. Pensé que tal vez estaba enferma. Pensé que había que llevarla a una clínica.

Me puse un polo con cuello. Hasta eso recuerdo. Me lo puse porque pensé que tal vez tendría que acompañarla al hospital y porque a mi mamá le gustaba que me viera presentable.

Incluso en una emergencia pensé en eso, en lo que ella habría querido.

Bajé las escaleras, crucé el recibidor.

La casa estaba extrañamente quieta. No sé si de verdad estaba más silenciosa que otras mañanas o si mi memoria la volvió así, pero así la recuerdo, quietísima, como si todo estuviera esperando que yo llegara al final del pasillo.

El dormitorio de mi mamá estaba lejos de la escalera. [00:20:00] Había que cruzar parte de la casa, pasar por espacios que en otro momento no habrían tenido importancia.

La sala, el recibidor, el camino hacia su oficina, el pasillo.

Esa mañana cada metro pesaba. Estaba pensando: tal vez se cayó, tal vez se desmayó, tal vez todavía puedo ayudarla.

El pasillo parecía más largo de lo normal. Las fotos familiares seguían en la pared, pero esa mañana no las vi.

Lo que sí recuerdo es la puerta. Estaba abierta.

No tuve que entrar para verla.

Mi mamá estaba en el suelo, boca abajo, al lado de la cama. Había [00:21:00] sangre.

Por un instante, mi mente no pudo ordenar lo que estaba viendo.

Era mi mamá, pero no podía ser mi mamá. No así. No en el piso, no inmóvil, no en su propia habitación.

¿Por qué estaba en el suelo? ¿Por qué no respondía? ¿Por qué había sangre?

Corrí hacia ella. La volteé para que su rostro no siguiera contra el piso.

Su piel estaba fría.

Sus manos estaban rígidas, cerca del cuello, como si hubiera intentado quitarse algo de encima.

Me arrodillé a su lado. La sangre me manchó la ropa.

Había pedazos de vidrio en el piso.[00:22:00]

Pero cuando tienes diecisiete años y ves a tu mamá así, no piensas en contaminar una escena, no piensas en pruebas, no piensas en ADN. Piensas en salvarla.

Le levanté las piernas creyendo que así podía ayudarla.

Intenté hacerle reanimación, no sabía cómo.

Le hablé, le grité, le pedí que se despertara.

Pedí que llamaran a una ambulancia, pedí que buscaran su carnet del seguro, pedí cualquier cosa que sonara a solución.

Hice todo lo que un chico de diecisiete años podía imaginar que se hacía para traer de vuelta a su madre. Pero nada funcionaba.[00:23:00]

Mi hermana también entró al dormitorio. Estaba allí, en silencio.

En ese momento pensé que estaba en shock. No pensé mucho más.

Toda mi atención estaba en mi mamá, en su cuerpo, en su piel fría, en la idea imposible de que todavía podía pasar algo.

De que alguien podía llegar y arreglarlo.

Después escuché una sirena.

Los paramédicos entraron al dormitorio, miraron a mi mamá, miraron la habitación, me miraron a mí y me pidieron que saliera.

Hay tonos de voz que uno entiende antes de entender las palabras.

Salí, esperé afuera. No sé cuánto tiempo pasó. Tal vez [00:24:00] fueron minutos, tal vez menos.

Pero cuando uno de ellos salió y me miró, lo supe.

Me dijo "Tu mamá ha fallecido".

No recuerdo un abrazo. No recuerdo que alguien me sostuviera. Recuerdo esas palabras y después recuerdo el silencio.

No el silencio de la casa. El silencio de mi mundo. Porque hasta ese momento yo había vivido dentro de una realidad en la que mi mamá existía. Podía molestarme, podía corregirme, podía exigirme, podía no entenderme del todo y aun así intentarlo.

Podía estar en su cuarto, podía llamarme, podía decir mi nombre.[00:25:00]

Y de pronto,

Ya no.

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